sábado, 7 de abril de 2018

reflexiones de 2017


Dejaron las huellas en la nieve. Hoy me levanté y ya no estaban. No hay ningún alud. Me siento frente al espejo y no tengo mucho que decir. Que dentro de poco es mi cumpleaños, que hoy han muerto cien civiles, que llevo una semana sin hablar con mis padres, que hace mucho frío. Ya sabíamos que había nevado, tenemos el pelo mojado, muchas gracias. Las cosas siguen su curso, el pintor de la Rúa con un cuadro que siempre se repite o morirse de sueño. El templo de Palmira que se destruyó por la guerra. Las cosas siguen su curso pero nunca pasa nada.  Un catarro, un sistema enfermo, civiles muertos, prensa sensacionalista y un silencio que dura. Lo que dura la nieve. Siempre vuelve al año siguiente.

martes, 3 de abril de 2018

Crisis existencial (2018)


Condenados (2017)



Meredith (2018)




Quinto regimiento (2017)


Preacher woman (2017)









Sin título (2018)




4. Un relato sin adjetivos

Hombre, sombrero y manchas. Mide algo más de 180 centímetros de alto y viste una gabardina con cuello. La piel le reluce bajo la luz de las farolas, que le tiñen la piel con un resplandor conforme pasa bajo ellas. Al colocarse debajo, cierra los ojos con la sensación de que la luz va a atravesarle la piel de un momento a otro; siente cómo le calienta las manos. Siente que va a desvanecerse de un momento a otro convertido en fragmentos de polvo y de hueso. Como un cometa. De esta forma surgen a su vez en las baldosas del suelo, sombras con las que también se deleita, al verse convertido en una sombra que lo abarca absolutamente todo en ese callejón. Esos trocitos de sí mismo que ha perdido al transformarse en sombra son los mismos que le hacen perder la identidad con esa forma como de andar por casa, es lo que piensa. Y al tiempo, no sentir culpa de ser solamente un tipo con gabardina integrado entre las sombras, que teme a la luz del día y que se disfraza de detective para poder justificar sus propósitos, con cierta falta de ortodoxia, por otro lado.
Hoy tampoco sonará el jazz en el bar de Railey y volveremos a casa antes. Quiere pensar que su estado de embriaguez lo disfraza y lo humilla hasta que deje de parecer sujeto de peligro. Ojalá tuveira un taxi - suspira - o un sitio con decencia para poder dormir. Los taxis siempre le han gustado. Su padre condujo uno durante décadas y le enseñó a defenderse de los chulos y los maleantes, y la comodidad que rezuman ciertos taxis, sobre todo cuando se pasa cierto tiempo sin dormir.
En realidad, no hay tragedia en dormir a los pies de una farola. La miseria entre los coches y él está equilibrada. Quizá con un poco de suerte mañana también haya jazz. Nadie puede prever esa música. Es como la muerte.

viernes, 23 de marzo de 2018

03. Fanfic de tu libro favorito con los personajes como animales



Osos y lobos arrastraban cuerdas que les quemaban la piel. El calor de las máquinas les había quemado el pelo convirtiendo su cuerpo en una masa de carne enferma. Llevaban el uniforme de la fábrica, unas gorras con las que el sudor se les les pegaba a las heridas producidas por las grietas, los accidentes laborales sin cubrir, y otros inconvenientes de último momento. Después todos, o casi todos,  irían a los pubs nocturnos a beber un par de cervezas. Ollie, un pastor alemán, acababa de ser padre, y aunque no tenía del todo claro si podría mantener a sus cachorritos, tenía los nervios tan jodidos que como montara una sola lavadora más, pensaba suicidarse metiéndose en ella y dándole a girar.
Dentro de los que trabajaban en la planta de ensamblaje de piezas había varios grupos, como en todos lados. A los perros no podías meterlos con los gatos, ni con pájaros, ni con los osos.
En el grupo de Ollie había además varios tipos de perros: un beagle, Miles, un cocker americano, Alan, un pastor alemán, Mike, y un corgi galés, Ed.
A Miles lo tenían rellenando albaranes y gestionando la oficina, hijo del encargado y no muy hablador y fumador en exceso, al que le gustaba jugar al cricket. Alan, trabajando en tornos codo con codo con Ollie, tenia el pelo precioso pero tan largo que tenía que llevar uno de esos gorros de cocina de los comedores. El pastor alemán se dedicaba a la seguridad y sobre todo, a estar de mal humor y leer el periódico y sentirse desdichado por tener una familia a la que alimentar. Y le picaba el uniforme, así que siempre estaba rascándose de mala manera. Ed llevaba carretillas y era el chico de los recados. Bastante joven, acababa de dejar la escuela (y casi de alimentarse de su madre).
También había un par de lobos que se juntaban porque era lo más similar a su especie que podían encontrar por allí. Eran hermanos. Fred y Alexander, o Alex, para los amigos. Los dos eran ejemplos de las carencias de pelo que se destilaban por allí y Fred, directamente, tenía una gran herida debajo del ojo ciego. Una pistola de grapas y muy mala hostia, para resumir.
En los descansos, jugaban a los dados y al Seven Up y los fines de semana, salían por los pubs a beber cerveza y a olvidar que estaban casados, o a intentar llegar al matrimonio. Las mujeres burguesas ni se les acercaban, pero se paseaban por allí vestidas de pieles de zorro y con perfumes y pendientes caros. Las de su clase, eran muy bordes o ya estaban casadas. Y entretanto, habían agotado sus capacidades para poder tener una conversación de más de dos palabras con una hembra. Estaban tan cansados llegado el viernes, y al mismo tiempo, tan llenos de adrenalina y cerveza, que parecían los trenes de mercancías que pasaban por las ventanas sucias de la fábrica. A veces llevaban lavadoras y otras veces soldados, como si fueran vagones de ganado, que saludaban a todo ser humano que se movía.
Como contaba, Ollie acababa de tener un crío hacía poco. Todavía era demasiado joven para tenerlo y ni siquiera estaba seguro de poder mantenerlo. Su esposa, trabajadora de una tratadora de telas, tenía la sensación de que era la única cosa que podrían hacer en la vida que les hiciera felices, pese a que cuando llegara a los dieciséis años tuviera poco donde elegir. De hecho, con la maternidad de ella, que no podría volver a incorporarse a su puesto, ni siquiera podría elegir nada.
Eso había creado en su hogar una rutina muy concreta, consistente en dar vueltas por la cama y tener pesadillas en las que tenía que pagar facturas que estaban en la cocina, que estaban en la cocina de verdad. Imaginaba que se moría, y dudaba de si era mejor no conseguir dormir en toda la noche, o alargar sus pesadillas diarias. En dirección a la fábrica, el olor de la grasa, el carbón y el pan de un horno de leña cercano, lo volvían a despertar y a sentir el uniforme de trabajo sobre el pelo y las patas. Y aunque seguía sintiéndose desdichado, pensaba en que pronto se acabaría la guerra, en que tenía una esposa preciosa y en que tendría un momento para poder beber cerveza con sus mejores amigos. Tener un hijo, además, le llenaba de orgullo y de unas ganas de vivir que no había tenido desde hacía muchos años.
Aquel día, el supervisor de la planta le dio una paga extra y una palmadita en la espalda. El día transcurrió con un par de incidentes; los viernes la gente solía estar quemada por la semana, y más cuando les habían subido las cuotas para el próximo mes. Los ricachones de las urbanizaciones deseaban tener lavadoras nuevas, y cuando no, tenían que fabricar piezas para rifles de asalto que seguramente habían pagado los tipos de las lavadoras. Un tío que trabajaba a su lado se hizo un corte bastante importante en la palma de la mano y un par de panolis se pusieron a discutir en la hora de la comida. A algunos les gustaba más que a otros llevar armas al frente. Y los perros no se llevan muy bien con los gatos tampoco.
-          ¿Por qué tenemos que seguir construyendo piezas? ¿Es que no hay suficientes armas en el frente ya? ¿Qué le voy a decir a mis hijos cuando sean mayores? ¿Trabajé haciendo las armas que matarían a tu familia?
-          Mira chucho, nosotros no matamos a la gente. No fabricamos armas porque nos guste, sino porque necesitamos dar de comer a nuestra familia, y todo el mundo lo sabe. Lo sabrán antes o después. Además, estos tíos están luchando por nuestro país y deberías estar agradecido.
-          Agradecido, sí, agradecido. Pero en qué coño nos hemos convertido ahora. El eje de la civilización es Inglaterra. Me río sobre todo esto. Esa gente no quiere combatir. No saben combatir.
-          Pues aprenden. Y nosotros tenemos que serles útiles. Tenemos que demostrar que estamos ahí para ellos. ¡Somos la fuerza de Inglaterra! – dijo el gato, agitando su hombro musculoso, con los ojos brillándole con emoción.
-          ¿Sí? ¿A cuántos de tu familia han mandado al frente, Billy?
-          Veamos…Macy, John, a mi hermano, mis dos primos, un sobrino. Yo no podía ir porque tengo las patas demasiado planas.
-          ¿Y a cuántos de los tíos para los que fabrican han mandado al frente?¿Sabes cuánto importa que se muera tu familia? ¿Quieres que te lo diga?
-          No hables así de mi familia, no, eso no te lo tolero.
-          Cuando tu hermano esté desangrándose en una trinchera, como un estúpido, podrás sentirte glorificado por Inglaterra, hasta que te des cuenta de que no lo vas a ver nunca.
Cabe decir que esta discusión acabó a mordiscos entre los dos. Pero el gato entendió bastantes cosas, porque enseguida dejó de mirar con los ojitos brillantes al encargado de planta y empezó a perder la mirada, como haces siempre que llevas trabajando un tiempo prolongado debajo de una máquina de ensamblaje.
Con la emergencia de los trabajos para el frente, ese día estuvieron trabajando hasta las seis. Para entonces se habían racionado los cigarrillos para las pausas y habían perdido toda la calderilla posible jugando al Seven Up entre horas, y apostando al fútbol que sonaba por la radio en un cacharro que se paraba a cada tanto. Las chinas y trocitos de carbón se les clavaban en la carne, como perros enfermos y a las seis, cuando las jovencitas empezaban a salir y empezaba a refrescar, salieron para celebrar el nacimiento del niño a un pub del centro, que servía buenas raciones de comida y algo de música. Algunos de aquellos hombres bebían black and tan’s, otros pintas de cerveza negra, los más valientes habían pasado al destilado directamente. Alan, el perro con el pelo bonito, ya había atraído a unas cuantas muchachas, pero estaba tan agarrotado que se abrazaba a su cerveza como si aquel vaso con curvas fuese el único cuerpo que iba a tocar esa noche.
-          Eh, Miles, buen tanto de tu padre al pagarle a Ollie las birras, ¿eh?
Miles estaba pasando unas jugadas de cricket en una servilleta con un pitillo en la boca. Sonrió y arqueó las cejas, y automáticamente dejó de escribir.
-          ¿Tú crees que has sido mi padre, no?
-          ¿Poder de convicción de hijo primogénito?
-          Quería escupirle en la mano, pero le he recordado que él también fue padre alguna vez en su vida. Y por alguna razón lo he convencido para que le dieras de comer a tu chaval.
-          Bloody bastard!
Ambos perros empezaron a reír. Alan se abrió paso por la mesa y juntó las cabezas de sus compañeros.
-          Bueno, camaradas, parece que me esperan dos chicas de lo más agradables, ¡hagan sus apuestas!
-          Yo digo que no vuelves a comerte un rosco en lo que te queda de adolescencia -- dijo Mike, que pasaba un gran periódico delante de él. Era de los que habían pedido whisky. Gozaba de una imagen de padre soltero, a pesar de que estuviese recién casado.
-          Por lo menos volverá a comerse un rosco. ¿Cuánto hace que no vas con tu señora a buscar algo que sea un bebé? – Alex, uno de los lobos. Las mujeres no se le acercaban por resultarle demasiado baboso. Unos dientes demasiado grandes.
-          Si no pueden servirme de mano de obra no los necesito ahora mismo. Tengo un estatus que mantener – mantuvo, en una mezcla entre seriedad y sarcasmo.
Alan volvió en búsqueda de la atención para la que había venido, se recogió un poco el pelo, terminó su black-and-tan y se levantó de la mesa como si le acabasen de patear el pecho y necesitase venganza. Lo único que necesitaba era un poco de marcha.
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